1.03. Samuel y "los hijos de los profetas"

En un sentido más amplio del vocablo, profetas hubo desde los primeros días del mundo. Tanto Abrahán (Gén. 20:7) como Moisés (Deut. 18:15) fueron llamados profetas.

Durante el período de los jueces el oficio profético languideció, y "la palabra de Jehová escaseaba en aquellos días; no había visión con frecuencia" (1 Sam. 3:1).

El llamado de Samuel hacia el final de ese período fue trascendental. Fue el primer "profeta" en el sentido más estricto de la palabra, y se lo puede considerar como fundador del oficio profético; iba de lugar en lugar como maestro de Israel (1 Sam. 10:10-13; cf 1 Sam 7:16, 17).

Después de él y hasta el fin del tiempo del Antiguo Testamento, diversos hombres escogidos hablaron a la nación en nombre de Dios, interpretando el pasado y el presente, exhortando a la justicia, y siempre dirigiendo su vista al futuro glorioso que Dios les había señalado como pueblo.

Samuel habría fundado lo que se conoce como "las escuelas de los profetas". Los jóvenes que recibían su educación en estas escuelas (1 Sam. 19:20) eran conocidos como los "hijos de los profetas" (2 Rey. 2:3-5).

La 1ª de tales escuelas que se mencionan estuvo en Ramá (1 Sam. 19:18, 20), la sede de Samuel (1 Sam. 7:17). Los hijos de los profetas no eran necesariamente recipientes directos del don profético, pero eran divinamente llamados, como los ministros evangélicos de hoy, para instruir a la gente acerca de la voluntad y los caminos de Dios.

Las escuelas de los profetas fueron una poderosa fuerza que limitó el avance de la marea del mal, que tan a menudo amenazó con sumergir al pueblo hebreo bajo una inundación de idolatría, materialismo e injusticia, y proporcionó una barrera contra la ola de corrupción que avanzaba con mucha rapidez.

Estas escuelas proveyeron el adiestramiento mental y espiritual a jóvenes seleccionados que serían los maestros y dirigentes de la nación.