1.11. Profetas en los tiempos del Nuevo Testamento - II

Unos pocos años más tarde vino Juan el Bautista en el papel de Elías:
“E irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y de los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto” (Lucas 1:17).

Cristo declaró que Juan fue profeta "y más que profeta":
“Pero ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo, y más que profeta. Porque éste es de quien está escrito: He aquí, yo envío mi mensajero delante de tu faz, el cual preparará tu camino delante de ti” (Mateo 11:9, 10).

Pablo estimó el don profético como una de las gracias del Espíritu:
“A otro, el hacer milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversos géneros de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas” (1 Cor. 12:10).

y declaró que era uno de los mayores dones:

“Seguid el amor; y procurad los dones espirituales, pero sobre todo que profeticéis... Así que, quisiera que todos vosotros hablaseis en lenguas, pero más que profetizaseis; porque mayor es el que profetiza que el que habla en lenguas, a no ser que las interprete para que la iglesia reciba edificación” (1 Cor. 14:1, 5).


Como en los tiempos del AT, el don profético no necesariamente implicaba la predicción de acontecimientos futuros, aunque este aspecto de la profecía pudiera estar incluido, sino que consistió mayormente en la exhortación y la edificación:

“Pero el que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación. El que habla en lengua extraña, a sí mismo se edifica; pero el que profetiza, edifica a la iglesia” (1 Cor. 14:3, 4).