22.07. El ideal: Cómo había de funcionar el plan - III

Cuando las naciones de la antigüedad vieran el progreso sin precedentes de los israelitas, se suscitarían su atención y su interés. Deseando obtener para sí las mismas bendiciones, preguntarían cómo podrían adquirir también ellos esas evidentes ventajas materiales. Israel les respondería: "Aceptad a nuestro Dios como vuestro Dios, amadle y servidle como lo hacemos nosotros, y él hará lo mismo en favor de vosotros".

"Mirad, -dijo Moisés- yo os he enseñado estatutos y decretos, como Jehová mi Dios me mandó, para que hagáis así en medio de la tierra en la cual entráis para tomar posesión de ella. Guardadlos, pues, y ponedlos por obra; porque esta es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia ante los ojos de los pueblos, los cuales oirán todos estos estatutos, y dirán: Ciertamente pueblo sabio y entendido, nación grande es esta. Porque ¿qué nación grande hay que tenga dioses tan cercanos a ellos como lo está Jehová nuestro Dios en todo cuanto le pedimos? Y ¿qué nación grande hay que tenga estatutos y juicios justos como es toda esta ley que yo pongo hoy delante de vosotros? " (Deuteronomio 4: 5-8).

Las bendiciones así aseguradas a Israel se prometen, bajo las mismas condiciones y en el mismo grado, a toda nación y a todo individuo debajo de los anchos cielos:

"Entonces Pedro, abriendo la boca, dijo: En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia" (Hechos 10: 34-35).

"Y después de mucha discusión, Pedro se levantó y les dijo: Varones hermanos, vosotros sabéis cómo ya hace algún tiempo que Dios escogió que los gentiles oyesen por mi boca la palabra del evangelio y creyesen. Y Dios, que conoce los corazones, les dio testimonio, dándoles el Espíritu Santo lo mismo que a nosotros; y ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos, purificando por la fe sus corazones" (Hechos 15: 7-9).

"Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo" (Romanos 10: 12-13). etc.

Todas las naciones de la tierra habían de compartir las bendiciones tan generosamente prodigadas sobre Israel.

Este concepto del papel de Israel se reitera vez tras vez en todo el AT.

Dios había de ser glorificado en Israel: "Mi siervo eres, oh Israel, porque en ti me gloriaré" (Isaias 49: 3) y su pueblo debía ser testigo suyo: "Vosotros sois mis testigos, dice Jehová, y mi siervo que yo escogí, para que me conozcáis y creáis, y entendáis que yo mismo soy; antes de mí no fue formado dios, ni lo será después de mí" (Isaías 43: 10); "No temáis, ni os amedrentéis; ¿no te lo hice oír desde la antigüedad, y te lo dije? Luego vosotros sois mis testigos. No hay Dios sino yo. No hay Fuerte; no conozco ninguno" (Isaías 44: 8), a fin de revelar a los hombres los principios de su reino.

Ellos habían de publicar sus alabanzas: "Este pueblo he creado para mí; mis alabanzas publicará" (Isaías 43: 21) y declarar su gloria entre los gentiles: "Y pondré entre ellos señal, y enviaré de los escapados de ellos a las naciones, a Tarsis, a Fut y Lud que disparan arco, a Tubal y a Javán, a las costas lejanas que no oyeron de mí, ni vieron mi gloria; y publicarán mi gloria entre las naciones" (Isaías 66: 19), para ser "luz a las naciones": "Poco es para mí que tú seas mi siervo para levantar las tribus de Jacob, y para que restaures el remanente de Israel; también te di por luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta lo postrero de la tierra" (Isaías 49: 6).

"Yo Jehová te he llamado en justicia, y te sostendré por la mano; te guardaré y te pondré por pacto al pueblo, por luz de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos, para que saques de la cárcel a los presos, y de casas de prisión a los que moran en tinieblas" (Isaías 42: 6-7).

Todos los hombres reconocerían que Israel tenía una relación especial con el Dios del cielo:

"Porque tú eres pueblo santo para Jehová tu Dios; Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la tierra. No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos; sino por cuanto Jehová os amó, y quiso guardar el juramento que juró a vuestros padres, os ha sacado Jehová con mano poderosa, y os ha rescatado de servidumbre, de la mano de Faraón rey de Egipto. Conoce, pues, que Jehová tu Dios es Dios, Dios fiel, que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos, hasta mil generaciones; y que da el pago en persona al que le aborrece, destruyéndolo; y no se demora con el que le odia, en persona le dará el pago. Guarda, por tanto, los mandamientos, estatutos y decretos que yo te mando hoy que cumplas" (Deuteronomio 7: 6-14).

"Y verán todos los pueblos de la tierra que el nombre de Jehová es invocado sobre ti, y te temerán" (Deuteronomio 28: 10).

"¿Hará acaso el hombre dioses para sí? Mas ellos no son dioses. Por tanto, he aquí les enseñaré esta vez, les haré conocer mi mano y mi poder, y sabrán que mi nombre es Jehová" (Jeremías 16: 20-21).

Al contemplar la "justicia" de Israel (Isaías 62: 1-2), los gentiles reconocerían que aquéllos eran "linaje bendito de Jehová" (Isaías 61: 9-10; cf. Malaquías 3: 12), y que su Dios era el único y verdadero Dios (Isaías 45: 14).

Ante la pregunta de Israel "¿Qué nación grande hay que tenga dioses tan cercanos a ellos como lo está Jehová?", los gentiles responderían: "Ciertamente pueblo sabio y entendido, nación grande es ésta" (Deut. 4: 7, 6).

Al oír hablar de todas las ventajas con las cuales el Dios de Israel los había bendecido, y "todo el bien" que les había hecho (Jeremías 33: 9), las naciones paganas admitirían: "Ciertamente mentira poseyeron nuestros padres" (Jeremías 16: 19).