22.10. El ideal: Cómo había de funcionar el plan - VI

Estas promesas de prosperidad y éxito debían haber hallado su cumplimiento en gran medida durante los siglos que siguieron al regreso de los israelitas de las tierras de su cautiverio. Dios quería que toda la tierra fuese preparada para el primer advenimiento de Cristo, así como hoy se está preparando el terreno para su segunda venida.

A pesar del fracaso final de Israel, cuando el Salvador nació se había extendido por todas partes un conocimiento, si bien limitado, del verdadero Dios y de la esperanza mesiánica.

Si la nación hubiese sido fiel a su cometido y valorado bien el excelso destino que Dios le había reservado, toda la tierra hubiera aguardado la venida del Mesías con intenso deseo. El Mesías habría venido, muerto y resucitado. Jerusalén se hubiera convertido en un gran centro misionero, y la tierra se habría iluminado con la luz de la verdad para realizar así una última y espectacular exhortación a los que aún no habían aceptado la invitación de la misericordia divina.

La invitación de Dios a las naciones habría sido: "Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más" (Isaías 45: 22).

Si Jerusalén hubiese conocido lo que era su privilegio conocer, y hecho caso de la luz que el cielo le había enviado, podría haberse destacado en la gloria de la prosperidad, como reina de los reinos, como poderosa metrópoli de la tierra, y como noble vid habría llenado de fruto la faz de la
tierra:

"Días vendrán cuando Jacob echará raíces, florecerá y echará renuevos Israel, y la faz del mundo llenará de fruto" (Isaías 27: 6).

De haberse mantenido Israel como nación fiel al cielo, Jerusalén habría sido para siempre la elegida de Dios:

"Os haré morar en este lugar, en la tierra que di a vuestros padres para siempre" Jeremías 7: 7).

"Entrarán por las puertas de esta ciudad, en carros y en caballos, los reyes y los príncipes que se sientan sobre el trono de David, ellos y sus príncipes, los varones de Judá y los moradores de Jerusalén; y esta ciudad será habitada para siempre" (Jeremías 17: 25).