22.13. El fracaso de Israel en realizar el plan de Dios - I

Dios proporcionó a los israelitas toda clase de facilidades para que llegaran a ser la más grande nación de la tierra. Cuando produjo "uvas silvestres" en vez de los frutos maduros del carácter, Dios preguntó: "¿Qué más podía hacer a mi viña que yo no haya hecho en ella?"

"Ahora cantaré por mi amado el cantar de mi amado a su viña. Tenía mi amado una viña en una ladera fértil. La había cercado y despedregado y plantado de vides escogidas; había edificado en medio de ella una torre, y hecho también en ella un lagar; y esperaba que diese uvas, y dio uvas silvestres. Ahora, pues, vecinos de Jerusalén y varones de Judá, juzgad ahora entre mí y mi viña. ¿Qué más se podía hacer a mi viña, que yo no haya hecho en ella? ¿Cómo, esperando yo que diese uvas, ha dado uvas silvestres? Os mostraré, pues, ahora lo que haré yo a mi viña: Le quitaré su vallado, y será consumida; aportillaré su cerca, y será hollada. Haré que quede desierta; no será podada ni cavada, y crecerán el cardo y los espinos; y aun a las nubes mandaré que no derramen lluvia sobre ella. Ciertamente la viña de Jehová de los ejércitos es la casa de Israel, y los hombres de Judá planta deliciosa suya. Esperaba juicio, y he aquí vileza; justicia, y he aquí clamor" (Isaías 5: 1-7).

No había otra cosa que Dios pudiera haber hecho en favor de ellos; pero a pesar de todo fracasaron. Por no someterse a las restricciones y mandamientos de Dios, no pudieron llegar a la alta norma que él deseaba que ellos alcanzasen, ni recibieron las bendiciones que él estaba dispuesto a concederles.

Aquellos israelitas que se esforzaron por cooperar con la voluntad revelada de Dios, recibieron personalmente una medida de los beneficios que Dios había prometido a la nación.

Esto ocurrió en el caso de Enoc (Génesis 5: 24), Abrahán (cap. 26: 5), y José (cap. 39: 2-6).

Así sucedió con Moisés, de quien se dice que hasta el día de su muerte "sus ojos nunca se oscurecieron, ni perdió su vigor" (Deuteronomio 34: 7).

Lo mismo aconteció con Daniel, un ejemplo brillante de lo que el hombre puede llegar a ser, aun en esta vida, si hace de Dios su fuerza y aprovecha sabiamente las oportunidades y los privilegios que están a su alcance (Daniel 1: 8, 20).

Semejantes fueron los casos de Samuel, Elías, Juan el Bautista, Juan el discípulo amado, y muchos otros.

La vida de Cristo es el ejemplo perfecto del carácter que Dios quiere que se reproduzca en su pueblo.