8.04. Ezequiel - Tema

Los mensajes del libro de Ezequiel aclaran el propósito de Dios para con su pueblo en el trance amargo del cautiverio babilónico.

Durante siglos los profetas habían aconsejado y amonestado a Israel, y sin embargo la nación se había sumergido cada vez más en la apostasía. Al fin resultó evidente que el pueblo escogido jamás alcanzaría las metas que Dios le había propuesto como nación, a menos que se emplearan medidas drásticas para enseñarle las lecciones de la obediencia y la cooperación con Dios. Por lo tanto, se le permitió que aprendiera en medio de la adversidad las lecciones que había rehusado aprender durante los tiempos de prosperidad.

Aunque parezca extraño, fueron los gobernantes de Israel los que, por precepto y ejemplo, llevaron al pueblo a la apostasía (Isaías 3: 12; 9: 16; Ezequiel 34: 2-19).

Evidentemente, al principio Dios tenía el propósito de que sólo los gobernantes fuesen llevados al cautiverio (Daniel 1: 3-4). La gran mayoría del pueblo había de quedar en Judea, esperando allí el regreso de un grupo de escarmentados gobernantes para que los guiaran en los caminos de Dios.

Si los judíos hubieseis estado dispuestos a someterse a Nabucodonosor, como lo quería Dios (Jeremías 27: 1-22), la ciudad de Jerusalén y su magnífico templo habrían quedado intactos (Jeremías 17: 25, 27; 38: 17), y el siglo de demora, dificultades, y desánimos que afrontaron los exilados a su regreso de Babilonia se hubiera evitado. Pero la terca resistencia de Israel (Jeremías 28: 1-14) hizo que su copa de sufrimiento fuera cada vez más amarga, y originó una segunda y una tercera deportación en los años 597 y 586 a. C., respectivamente. "Los yugos de madera" fueron reemplazados por "yugos de hierro" (Jeremías 28: 13-14).

Pero aun en el cautiverio la justicia divina fue atemperada con misericordia. Dios vino a su pueblo como maestro, para impresionarlo con la necedad de la desobediencia y lo deseable de cooperar con él, y no como un juez severo para castigarlo. Los trances amargos del cautiverio no fueron tanto retribuidos en su naturaleza, como correctivos.

Los profetas Jeremías, Ezequiel y Daniel fueron comisionados para que revelaran el propósito del cielo a los hombres y para que lograran su cooperación con ese propósito.

Jeremías fue enviado a los judíos que quedaron en Judea, mientras Ezequiel llevaba a cabo una misión semejante entre los que ya habían ido al cautiverio. Daniel fue embajador del cielo en la corte de Nabucodonosor, para que el monarca conociera la voluntad divina y cooperara con ella.

Los fuegos del sufrimiento no habían de arder con más intensidad de la necesaria, para eliminar la escoria.

El libro de Ezequiel se compone de dos partes distintas.

En la primera, caps. 1: 1 a 33: 20, se registran los mensajes dados por Ezequiel a los cautivos cerca del río Quebar, en las proximidades de Babilonia, en su mayor parte antes de la caída de Jerusalén en 586 a. C.

La segunda, caps. 33: 21 a 48: 35, anticipa la terminación del cautiverio, y tenía el propósito de infundir esperanza debido a esa restauración.

Dios tenía la intención de exhortar vivamente por medio de Ezequiel al Israel del cautiverio, para que aceptara finalmente el plan divino para él. Una exhortación tal resultaba muy apropiada ante los nuevos acontecimientos históricos.

El plan del libro corresponde con un estilo evangélico característico. Varios mensajes se dedican a señalar los pecados del pueblo. El propósito era doble: en primer lugar, lograr que el pueblo se arrepintiera verdaderamente; y en segundo lugar, revelar la necesidad de la ayuda divina para la obediencia futura prometida en el nuevo pacto.


Los israelitas tenían una imagen deformada del carácter de Dios y de su plan con su pueblo, debido, por una parte, a su ignorancia; y por la otra, a causa de la instrucción pervertida de los sacerdotes corruptos, de los falsos profetas y los gobernantes apóstatas. Esa impresión errónea era la que procuraba corregir Ezequiel.

Esperaba que un nuevo concepto de Dios fuera la fuerza impelente para llevar a cabo la reforma necesaria y para conseguir que el pueblo aceptara su excelso destino. Les rogaba que aceptaran el exilio y abandonaran su falsa esperanza de que Jerusalén podría resistir sin ser tomada. Les rogaba que permitieran que el cautiverio ejerciera sobre ellos su efecto saludable.

Culminó su súplica con descripciones repetidas y detalladas de la gloria futura que vendría como resultado de su aceptación de las condiciones divinas. ¡Cuán diferente habría sido la historia de Israel si hubiera aceptado el vehemente ruego del profeta!